miércoles, 30 de enero de 2008

DESCUBREN EN LIMA UN CEMENTERIO CON GUERREROS INCAS



Súbitamente, el capataz que dirigía las obras de ampliación en la Avenida Javier Prado, una de las principales vías de Lima, ordenó detener las máquinas.

Al escarbar un promontorio, la pala mecánica había extraído varios cráneos y otros restos de osamenta humana.

Guillermo Cock se dirigió a toda velocidad al lugar del hallazgo y al examinarlo se sorprendió tanto como los asustados miembros de la cuadrilla.

El arqueólogo no imaginaba que el cementerio inca de Puruchuco, que había investigado entre los años 1999 y 2001, pudiera extenderse hasta la mismísima zona residencial de la ciudad.

Las excavaciones de rescate, dieron como resultado el hallazgo de 475 momias que se suman a las 1.836 que habían aparecido en las anteriores campañas.

Pero a diferencia de aquellas, las más recientes estaban sepultadas casi a ras del suelo y en completo desorden.

«En esta ocasión los sepultureros hicieron el trabajo deprisa bajo la impresión de una catástrofe», relata Cock.

Había otras diferencias que capturaron la atención del investigador de la Universidad Católica de Lima y de su socia, Elena Goycochea.

Las momias no estaban envueltas en fardos, como era la costumbre entre los años 1480 y 1535, durante el denominado horizonte tardío de la era incaica, sino en paños simples que los deudos ataron como si se tratase de bártulos.

Para mayor asombro, las osamentas presentaban severas heridas, que no podían haber sido infligidas por armas rudimentarias como las que poseían los incas.

Indudablemente, esos antiguos peruanos habían muerto a manos de los conquistadores españoles.

Las pruebas que se hicieron en el laboratorio determinaron que aquellos varones, cuyas edades oscilaban entre los 18 y los 22 años, fallecieron en 1536, el mismo año en que Manco Inca Yupanqui se rebeló contra Francisco Pizarro estableciendo un cerco en torno a las colonias hispanas de Lima y de Cuzco.

Los cuerpos de los guerreros rebeldes, momificados por acción de la aridez del terreno y del clima, representan un testimonio elocuente de la feroz batalla que culminó con la derrota de los incas.

Las anteriores campañas revelaron la existencia de una práctica funeraria que no tiene parangón en ninguna de las civilizaciones antiguas.

Los habitantes del litoral peruano, donde se encuentra el cementerio de Puruchuco, depositaban a sus muertos en grandes envoltorios rellenos de algodón, sujetos con una malla de esparto.

De los miles de fardos rescatados durante las primeras excavaciones, 52 correspondían a miembros de la nobleza sepultados de acuerdo con su rango: en posición fetal, a más de siete metros de profundidad, junto con un rico ajuar mortuorio (metido en la misma cápsula) que incluía tocados de plumas exóticas y conchas de 'Spondylus', cerámica ornamentada, etcétera.

El cementerio de Puruchuco es el más grande que se ha descubierto de las antiguas culturas de América. Se calcula que unos 10.000 cuerpos permanecen bajo tierra.

Los fardos señoriales estaban orientados hacia el noreste, en dirección al sol naciente; poseían una «falsa cabeza» hecha de algodón y también destacan por contener, además de la momia adulta, las de uno o más niños envueltos en sus propios fardeles.

Probablemente esas extrañas mortajas colectivas responden a la creencia de que el Señor era el guía de los pequeños en su tránsito a la eternidad.

Guillermo Cock y su equipo atribuyen el desproporcionado número de niños en Puruchuco, a la elevadísima tasa de mortalidad infantil.

«En la zona costera, entre el 45% y el 48% de los habitantes no llegaba a la adolescencia. La hipótesis de que hubieran muerto de desnutrición no se sostenía puesto que en la época en que llegaron los españoles, la agricultura incaica producía excedentes alimentarios. Las pruebas del laboratorio resolvieron el enigma: esos chicos sufrían de parasitósis intestinal», dice Cock.

El sitio de Puruchuco marca un hito en la investigación de las antiguas culturas de América.

No se ha descubierto un cementerio que se le iguale en el número de individuos inhumados dentro de sus límites.

Cabe señalar que, según los cálculos de los investigadores, unos 10.000 cuerpos permanecen bajo tierra.

«Si los muertos eran traídos de otras regiones es porque Puruchuco debió ser un importante centro religioso. Pero no hemos encontrado nada que confirme esa hipótesis y es posible que nunca lo encontremos», dice Cock, apuntando con el dedo hacia una población de chabolas, de más de 12.000 familias, asentada en el área que aún no ha sido explorada.

«La cruda realidad social del Perú se interpone a nuestro deseo de desentrañar el último secreto de Puchunco», concluye Cock

Uno de los hallazgos que más sorprendió a este arqueólogo fue el cráneo perforado que le mostró uno de sus ayudantes, fue que las excavaciones que dirigía habían tocado su fin.

«Como el agujero era de bala, supuse que se trataba de un homicidio reciente, o de una ejecución perpetrada en la década de los 90 por los terroristas de Sendero Luminoso.

Como fuera, había que dar aviso a la Policía, y con los agentes husmeando en el cementerio, no se podría trabajar», relata el investigador.

Afortunadamente, otro arqueólogo encontró el resto del esqueleto, cubierto con los retazos de una vestimenta incaica.

La víctima era un guerrero de las huestes de Manco Inca y el autor del disparo, un soldado de las tropas de Francisco Pizarro. El hallazgo llenó las portadas de los periódicos.

Era la primera evidencia física que se obtenía de un amerindio alcanzado por la bala de un arcabuz español, durante la conquista del continente.

En una conferencia dictada en la sede de la revista 'National Goegraphic', en Washington, Cock reconstruyó el violento episodio.

«Las pruebas balísticas indican que el rebelde, un joven de unos 18 años, de complexión media, recibió el impacto mientras caía al suelo, derribado por un golpe propinado con instrumento contundente (¿un mazo?) que le destruyó la parte inferior de la mandíbula. No sabemos si la bala que lo remató era una bala perdida o si el arcabucero tenía una excelente puntería», indicó el arqueólogo.

Todavía más cruel fue el final de un individuo a quien los investigadores bautizaron 'Mochito' (se les llama mochos en Perú, a las personas que han perdido sus extremidades).

Los cascos de un caballo le habían aplastado el esternón; tenía amputada una de las extremidades y un dedo limpiamente seccionado.

El cráneo presentaba tres orificio rectangulares, hechos con una pica.... «Los incas sucumbieron ante la superioridad tecnológica del arsenal hispano», concluye Guillermo Cock.

1 comentario:

Anónimo dijo...

muy interesante este tema